domingo, 9 de agosto de 2026

(1a parte) OBSIDIANAS, TURQUESAS Y METALES EN EL SUR DE CHILE. PERSPECTIVAS SOCIALES A PARTIR DE SU PRESENCIA Y PROVENIENCIA EN ISLA MOCHA

Por Roberto Campbell, Hugo Carrión, Valentina Figueroa , Ángela Peñaloza , Maria Teresa Plaza y Charles Stern.

Paper en

Chungara Revista de Antropología Chilena


Isla Mocha se ubica a los 30,35° S, tiene un área de 52 km2 y se encuentra separada del continente por un canal de 30 km de ancho. Su geología mayormente sedimentaria, acota significativamente el conjunto de recursos abióticos que podemos considerar locales a esta1 . Por ello el estudio de la presencia de elementos foráneos es factible y sumamente promisorio y relevante. Esta isla cuenta con una peculiar historia de ocupaciones y abandonos que se inicia alrededor del 2000 a.p. (Campbell 2015a; Quiroz y Sánchez 1997, 2004). En los proyectos que hemos desarrollado desde 2009 nos hemos abocado principalmente al periodo enmarcado por el desarrollo del Complejo El Vergel (1.000-1.550 d.C.) y hasta el desalojo de su población indígena en tiempos históricos (1.687 d.C.). Al inicio de este periodo se observa la consolidación de una ocupación estable de la isla (Campbell 2014, 2015a), junto a una economía marcada por la producción de alimentos (cultivos y manejo de animales) acompañadas de prácticas de caza, recolección y pesca (Roa 2016; Roa et al. 2015; Sánchez et al. 2004), la construcción de espacios públicos (montículos y plataforma) (Campbell y Pfeiffer 2017) y el despliegue de evidencias de diferenciación social representadas en distribuciones disímiles entre los sitios arqueológicos (asimilables a comunidades) de bienes considerables como de prestigio (cerámica decorada, materias primas líticas de buena calidad, piezas de metal, entre otros) (Campbell 2011, 2014, 2015c). 



Obsidianas, Turquesas y Metales Considerando estos antecedentes es que presentamos a continuación los resultados y propuestas obtenidos a partir de los estudios composicionales realizados a tres conjuntos materiales hallados en los sitios arqueológicos de isla Mocha: (a) las obsidianas, usadas como materia prima para la manufactura de distintas piezas líticas, (b) las turquesas, usadas como cuentas y (c) diversas piezas de metal, correspondientes principalmente a artefactos de adorno. Estos materiales provienen exclusivamente de sitios y contextos domésticos, con la excepción del aro del sitio P21-1 que proviene de un entierro (Tabla 1). Todos ellos tienen una cronología post-1.000 d.C. Dada la ausencia en isla Mocha de las materias primas mencionadas -o de las materias primas para la manufactura de estas piezas-, es que su estudio nos entrega información interesante respecto a la articulación de los grupos isleños con aquellos del continente como también sobre el sistema social isleño mismo. Las obsidianas La muestra de obsidianas sometida a análisis corresponde a aquellas obtenidas en los proyectos dirigidos por Campbell2 y disponibles al año 2013 (Figura 1). Por temas logísticos y presupuestarios no se incluyeron aquellas obtenidas en los proyectos dirigidos por Quiroz y Sánchez3 , depositadas en el Museo de Historia Natural de Concepción.

Si bien para isla Mocha los estudios de proveniencia de obsidiana están recién iniciándose (Campbell et al. 2016), esta línea de investigación tiene una historia más larga en el sur de Chile (Navarro 2012; Stern et al. 2002; 2008; 2009; 2017). A su vez, la naturaleza volcánica de esta materia prima permitió establecer inmediata y fácilmente su condición de foránea en zonas extravolcánicas como isla Mocha (Jackson 1997). En términos cronológicos, se sabe de la presencia de obsidiana en algunos sitios continentales y en Chiloé durante el periodo Arcaico (10.500-1550 cal a.p.). Sin embargo, esta materia prima parece desaparecer del valle central y costa durante todo el periodo Alfarero Temprano (350-1000 d.C.), no así en áreas cordilleranas como los lagos Villarrica y Calafquén donde se la puede considerar como local en una escala regional (Adán y Mera 2011). De hecho, en contextos del Complejo Pitrén solo se sabe de su presencia en el sitio funerario Villa JMC-1 (Mera 2014:75), fechado alrededor del 1150 d.C. Es así que desde el 1000 d.C. en adelante esta materia prima re-aparece en el valle, alcanzando esta vez la costa septentrional (sensu Aldunate 1989) y también isla Mocha e isla Santa María. En el caso de isla Mocha, esta materia prima lítica corresponde a alrededor del 1% de los restos líticos recuperados en los sitios habitacionales. Por el contrario, las materias primas locales como basaltos, cuarzos y areniscas, entre otros, son las que predominan. Estas últimas solucionan así perfectamente las necesidades tecnológicas requeridas por la población local, y por ello mismo destaca la presencia de obsidianas y sílices, no disponibles localmente. 


En el caso de las obsidianas, los análisis por XRF y ICP-MS4 realizados a 35 piezas, han permitido establecer que estas corresponden a los tipos NS5 y PC (Campbell  et al. 2016). Las primeras provienen de la zona de Nevados de Sollipulli (Melipeuco, Chile) (Stern et al. 2008; 2009), mientras las segundas provienen de la zona de Portada Covunco (Neuquén central, Argentina) (Stern et al. 2012), distantes 200 y 350 km de isla Mocha, respectivamente (Figuras 2 y 3). Destaca el que las obsidianas negras y grises (presentes en ambas fuentes) aparezcan en isla Mocha como todo tipo de resto (desde núcleos a puntas de proyectil y desechos). En cambio, las obsidianas “atigradas” (solo provenientes de Portada Covunco) aparecen solamente como puntas de proyectil, con una morfología muy definida (triangulares de base escotada o cóncava con borde recto o ligeramente convexo y finamente dentado) (Campbell et al. 2016; Peñaloza et al. 2017). A su vez, es interesante el que las obsidianas tipo NS solo aparezcan en territorio chileno. Las obsidianas tipo PC aparecen en ambas vertientes de la cordillera andina, alcanzando incluso la costa atlántica en el Golfo San Matías (Alberti et al. 2016). Debemos señalar también la ausencia en isla Mocha de obsidianas proveniente del Volcán Chaitén, la que está ampliamente distribuida a lo largo de la costa pacífica desde la zona de Valdivia al sur (Stern et al. 2002), como también de aquellas de las fuentes de Cerro de las Planicies/Lago Lolog (López et al. 2009), Laguna del Maule y Las Cargas (Durán et al. 2012).

miércoles, 5 de agosto de 2026

El parlamento de Arauco de 1835



Los parlamentos se constituyeron durante el siglo XVII como la institución reconocida por las autoridades coloniales e indígenas como «el pilar de la relación hispano-mapuche durante la colonia» (Payàs, Zavala, Curivil 2014, 358). El evento «nombrado en las dos lenguas: en castellano fue parlamento y en mapudungun coyag, como traducción una palabra de la otra» (Payàs, Zavala y Curivil 2014, 360). La institución continuó durante todo el siglo XVIII y se mantuvo durante gran parte del siglo XIX, luego de la independencia, aunque con sustanciales modificaciones; pierde su carácter ritual y se reproduce ‘una visión empobrecida’ del parlamento, no reconocido por el mundo mapuche como coyag sino más bien como trawn, «más neutral y menos simbólico», resaltando «la pérdida del aspecto ritual y formalizado de la relación de los mapuches con sus otros, en concordancia con las nuevas circunstancias de negación de reconocimiento político» (Payàs, Zavala, Curivil 2014, 373). 


Jose Antonio Alemparte

El parlamento convocado por el intendente de Concepción José Antonio Alemparte y realizado en el fuerte de Arauco en marzo de 1837 contó con la activa e interesada participación de los vicecónsules en Concepción de Inglaterra, Henry W. Rouse, y de Francia, Auguste Bardel. Se dispone de dos informes bastante detallados sobre el evento, uno de Rouse y otro de Bardel.13 Rouse ya había participado en ‘un pequeño parlamento’ el 3 de junio de 1835 en Morhuilla, con los náufragos del buque de guerra británico HMS Challenger. Rouse considera que una asamblea de jefes araucanos y sus seguidores de la costa entre los ríos Bío-Bío e Imperial sería una excelente oportunidad para ejecutar mis anteriores instrucciones respecto a estos bárbaros en lo concerniente a los premios que recibirían de mí a cambio de un buen trato a los muchos marineros británicos que pudiesen naufragar en sus territorios. (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 215) 


Fuerte de Arauco

Lo mismo opinaba Auguste Bardel, para quien la ocasión era de la más alta importancia, ya que tenía «intenciones de establecer relaciones con los indios de la costa [pues] deseábamos ser útiles a nuestros desafortunados compatriotas que naufragaban en estos parajes», agregando que «las tripulaciones de los buques franceses La Rose y La Confiance […] habían sido despojados o maltratados por ellos» y tnía la misión «de evitar a otros una suerte parecida» (Bardel 1842, 244),.

El parlamento comienza con la ceremonia del saludo: Los caciques se ordenaron a la derecha y a la izquierda del cacique principal, y frente al intendente y su grupo, respaldados a media yarda por una multitud de sus seguidores (mocetones); luego cada cacique, sucesivamente, dirigiéndose a la persona a ser saludada, camina hacia adelante, se saca el sombrero o toca su frente, con la exclamación mari-mari. (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 215) El cacique Antinao «abrió la conferencia, presentando a los diferentes caciques, quienes nos honraron en su debido orden». El intendente les agradeció a todos «por las molestias que se habían tomado», indicando que estaba «muy deseoso de que cada tribu viviera en su territorio sin ser molestada» (Rouse 1837, en Villalobos 1994,  217). Bardel (1842, 256) agrega que «los indios son terriblemente amigos de la etiqueta […] son intrépidos oradores, hablan mucho tiempo y rápido». 



El tercer día el intendente «se dedicó […] a repartir sus regalos» (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 217): «Chaquetas militares de tela azul, con solapas y cuellos rojos, pañuelos de algodón, tabaco, añil, collares de cuentas y otras bagatelas» (Bardel 1842, 260). Luego los cónsules pudieron reunirlos «junto a nuestra puerta e hicimos nuestras propuestas de paz», esperando que como amigos nuestros, en el futuro darían toda la ayuda posible a los marineros que pudieran naufragar en sus costas, proveyéndoles especialmente con provisiones, caballos y guías hasta Concepción, en la plena confianza que, apenas presentados como visitas a S. E. el intendente, los cónsules extranjeros los premiarían con mucho añil, tabaco y otros artículos de su gusto. (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 217-8) 

Se les dijo que, «además de los chilenos, existían otras naciones que vivían al otro lado del mar, llamados ingleses y franceses, que eran amigos de los chilenos y deseaban ser sus amigos», subrayando que a menudo nuestros buques venían a sus costas y que algunos habían naufragado, que sabíamos que, lejos de ayudar a nuestros compatriotas, los habían maltratado y saqueado; que si cosa parecida ocurría de nuevo, nos veríamos obligados a enviar grandes buques, armados de poderosos cañones y millares de soldados para castigar a los que faltaban así a las leyes de hospitalidad; que, al contrario, si nuestros compatriotas eran bien recibidos, si les daban víveres y caballos para conducirlos a la frontera, los recompensaríamos como ya lo había hecho Mr. Rouse con los náufragos de La Rose y el Challenger. (Bardel 1842, 261-2) 

Uno de los caciques, encomendado por los otros, tomó la palabra y entregó los nombres de los caciques de los lugares donde habían naufragado La Rose y La Confiance, «reprochándoles su conducta, pero estos se disculparon diciendo que habían sido mocetones los que habían cometido estos desórdenes, que ellos, lejos de haberles hecho mal a los náufragos, les habían dado caballos» (Bardel 1842, 262). El cacique terminó señalando que «él y los otros caciques iban a trabajar para que nuestros buques fueran bien recibidos en toda la costa» (Bardel 1842, 262). Les dieron lo que habían llevado: Conos de añil (tiene esta tintura un gran precio para ellos), pañuelos rojos de algodón, espejos de cartón, campanas, medallas, cintas, collares, cuentas, arpas de boca, tabaco, etc., que tuvieron que ser distribuidos equitativamente, porque no se puede confiar mucho en su probidad”. La ceremonia finaliza “con una lluvia de abrazos que nos pidieron permiso para darnos. (Bardel 1842, 263).