Los parlamentos se constituyeron durante el siglo XVII como la institución reconocida por las autoridades coloniales e indígenas como «el pilar de la relación hispano-mapuche durante la colonia» (Payàs, Zavala, Curivil 2014, 358). El evento «nombrado en las dos lenguas: en castellano fue parlamento y en mapudungun coyag, como traducción una palabra de la otra» (Payàs, Zavala y Curivil 2014, 360). La institución continuó durante todo el siglo XVIII y se mantuvo durante gran parte del siglo XIX, luego de la independencia, aunque con sustanciales modificaciones; pierde su carácter ritual y se reproduce ‘una visión empobrecida’ del parlamento, no reconocido por el mundo mapuche como coyag sino más bien como trawn, «más neutral y menos simbólico», resaltando «la pérdida del aspecto ritual y formalizado de la relación de los mapuches con sus otros, en concordancia con las nuevas circunstancias de negación de reconocimiento político» (Payàs, Zavala, Curivil 2014, 373).
Jose Antonio Alemparte
El parlamento convocado por el intendente de Concepción José Antonio Alemparte y realizado en el fuerte de Arauco en marzo de 1837 contó con la activa e interesada participación de los vicecónsules en Concepción de Inglaterra, Henry W. Rouse, y de Francia, Auguste Bardel. Se dispone de dos informes bastante detallados sobre el evento, uno de Rouse y otro de Bardel.13 Rouse ya había participado en ‘un pequeño parlamento’ el 3 de junio de 1835 en Morhuilla, con los náufragos del buque de guerra británico HMS Challenger. Rouse considera que una asamblea de jefes araucanos y sus seguidores de la costa entre los ríos Bío-Bío e Imperial sería una excelente oportunidad para ejecutar mis anteriores instrucciones respecto a estos bárbaros en lo concerniente a los premios que recibirían de mí a cambio de un buen trato a los muchos marineros británicos que pudiesen naufragar en sus territorios. (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 215)
Fuerte de Arauco
Lo mismo opinaba Auguste Bardel, para quien la ocasión era de la más alta importancia, ya que tenía «intenciones de establecer relaciones con los indios de la costa [pues] deseábamos ser útiles a nuestros desafortunados compatriotas que naufragaban en estos parajes», agregando que «las tripulaciones de los buques franceses La Rose y La Confiance […] habían sido despojados o maltratados por ellos» y tnía la misión «de evitar a otros una suerte parecida» (Bardel 1842, 244),.
El parlamento comienza con la ceremonia del saludo: Los caciques se ordenaron a la derecha y a la izquierda del cacique principal, y frente al intendente y su grupo, respaldados a media yarda por una multitud de sus seguidores (mocetones); luego cada cacique, sucesivamente, dirigiéndose a la persona a ser saludada, camina hacia adelante, se saca el sombrero o toca su frente, con la exclamación mari-mari. (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 215) El cacique Antinao «abrió la conferencia, presentando a los diferentes caciques, quienes nos honraron en su debido orden». El intendente les agradeció a todos «por las molestias que se habían tomado», indicando que estaba «muy deseoso de que cada tribu viviera en su territorio sin ser molestada» (Rouse 1837, en Villalobos 1994, 217). Bardel (1842, 256) agrega que «los indios son terriblemente amigos de la etiqueta […] son intrépidos oradores, hablan mucho tiempo y rápido».
El tercer día el intendente «se dedicó […] a repartir sus regalos» (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 217): «Chaquetas militares de tela azul, con solapas y cuellos rojos, pañuelos de algodón, tabaco, añil, collares de cuentas y otras bagatelas» (Bardel 1842, 260). Luego los cónsules pudieron reunirlos «junto a nuestra puerta e hicimos nuestras propuestas de paz», esperando que como amigos nuestros, en el futuro darían toda la ayuda posible a los marineros que pudieran naufragar en sus costas, proveyéndoles especialmente con provisiones, caballos y guías hasta Concepción, en la plena confianza que, apenas presentados como visitas a S. E. el intendente, los cónsules extranjeros los premiarían con mucho añil, tabaco y otros artículos de su gusto. (Rouse 1837 en Villalobos 1994, 217-8)
Se les dijo que, «además de los chilenos, existían otras naciones que vivían al otro lado del mar, llamados ingleses y franceses, que eran amigos de los chilenos y deseaban ser sus amigos», subrayando que a menudo nuestros buques venían a sus costas y que algunos habían naufragado, que sabíamos que, lejos de ayudar a nuestros compatriotas, los habían maltratado y saqueado; que si cosa parecida ocurría de nuevo, nos veríamos obligados a enviar grandes buques, armados de poderosos cañones y millares de soldados para castigar a los que faltaban así a las leyes de hospitalidad; que, al contrario, si nuestros compatriotas eran bien recibidos, si les daban víveres y caballos para conducirlos a la frontera, los recompensaríamos como ya lo había hecho Mr. Rouse con los náufragos de La Rose y el Challenger. (Bardel 1842, 261-2)
Uno de los caciques, encomendado por los otros, tomó la palabra y entregó los nombres de los caciques de los lugares donde habían naufragado La Rose y La Confiance, «reprochándoles su conducta, pero estos se disculparon diciendo que habían sido mocetones los que habían cometido estos desórdenes, que ellos, lejos de haberles hecho mal a los náufragos, les habían dado caballos» (Bardel 1842, 262). El cacique terminó señalando que «él y los otros caciques iban a trabajar para que nuestros buques fueran bien recibidos en toda la costa» (Bardel 1842, 262). Les dieron lo que habían llevado: Conos de añil (tiene esta tintura un gran precio para ellos), pañuelos rojos de algodón, espejos de cartón, campanas, medallas, cintas, collares, cuentas, arpas de boca, tabaco, etc., que tuvieron que ser distribuidos equitativamente, porque no se puede confiar mucho en su probidad”. La ceremonia finaliza “con una lluvia de abrazos que nos pidieron permiso para darnos. (Bardel 1842, 263).